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lunes, 5 de julio de 2010

Hombres generosos

La aventura de un beduino y de Cháfar al-Barmakí
(Después que fue crucificado)





Se cuenta Harún al-Rasid, después que hizo crucificar a Cháfar al-Barmakí, ordenó que se crucificase a cualquiera que llorase su muerte o pronunciase un elogio fúnebre. Y la gente se abstuvo de hacerlo. Cierto beduino, que vivía en un desierto muy distante, se presentaba todos los años para recitar a Cháfar un poema por él compuesto, por el cual recibía un galardón de mil dinares. Cogía el premio, volvía a sus lares y vivía con su familia sin apuros durante un año. Pues bien, el beduino se presentó con su composición, según acostumbraba, y a su llegada se enteró del suplicio de Cháfar. Fue al lugar del ajusticiamiento, donde hizo que su camella se arrodillase, lloró con vehemencia, recitó el poema y se durmió. Vio en sueños a Cháfar al-Barmakí, el cual le decía:



-Te has molestado tanto para llegar a nuestro lado y nos encuentras en el estado que has visto. Ve a Basora y pregunta por uno de sus mercaderes llamado Fulano de Tal. Le dirás: “Cháfar al-Barmakí te envía su salutación y te encarga que me des los mil dinares por el asunto del haba”.



Despertose el beduino y se trasladó a Basora, en donde preguntó por el comerciante. Le recibió este y le contó lo que Cháfar le había encargado en sueños. El mercader rompió a llorar con tanta violencia, que parecía decidido a abandonar la vida terrenal; Después honró mucho al beduino, sentándole a su lado, concediéndole espléndida hospitalidad y teniéndole consigo tres días. Cuando el hombre quiso irse, le dio mil quinientos dinares.



-Mil son para cumplir la orden, y los quinientos un regalo que te hago. Además, sabe que cada añohabrá un millar de dinares para ti.



-¡Por Allah sobre ti!- exclamó el beduino en el instante de partir-. Cuéntame el caso del haba para que yo me entere como nació mí fortuna.



-Yo era un pobre diablo cuando empecé mí carrera- explicó el mercader -. Vendía para mal vivir, habas por las calles de Bagdad. Salí un día lluvioso y frío sin tener nada con que desguarecerme de las inclemencias del tiempo; temblaba a causa del aire glacial o chapoteaba en los charcos de lluvia. Es decir, mí situación era tan horrible, que pone la piel de gallina pensar en ella. Aquel día Cháfar estaba sentado en un lugar del palacio que daba a la calle en compañía de sus amigos y favoritas. Me vió por casualidad y se apiadó de mí situación; por ello, ordenó a un contertulio suyo que fuera a buscarme. Me presenté ante él.


-Vende todas tus habas a mí gente- me dijo.



Comencé a distribuirlas con mí medida hasta que se terminaron. El cesto parecía estar vacío. Junté todas las monedas que había recibido.



-¿Cuántas habas te quedan?- me preguntó Cháfar.



-No lo sé-



Busqué en el cesto y no encontré más que una haba.
Cháfar la partió por la mitad; se quedó una parte y ofreció la otra a una de sus favoritas.




-¿Cuánto quieres pagar por esta haba?- preguntó a la mujer.



-El doble de todo ese oro- dijo señalando el que yo había obtenido.



Me quedé atónito, pensando: “No es posible”.
Durante mí asombro, la favorita hizo que una de sus esclavas me trajera tantas monedas de oro como había recogido anteriormente.



-Y yo compro la media haba que me corresponde con el doble de oro que posees en este instante- me dijo Cháfar-. Ten el precio de tú mercancía.



Mando que un criado pusiera en mí cesto el dinero que yo había recibido. Me vine con él a Basora, lo invertí en el comercio y Allah fue generoso conmigo, alabado y ensalzado sea. Por lo tanto, nada malo hay en que cada año te de mil dinares debidos a la largueza de Cháfar.





Ved cuál fue la generosidad de carácter de Cháfar y las loas que mereció tanto vivo como muerto. ¡La misericordia de Allah, ensalzado sea, le acoja.


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